La Argentina es el problema. El mundo es la solución.

septiembre 29, 2008

Alternativas a la banca central

Filed under: Académica — Jorge Avila @ 7:07 pm

A continuación publico el capítulo IV de Internacionalización Monetaria & Bancaria, un ensayo que escribí en 2004 y que incluiré en un próximo libro sobre Importación de Instituciones. El capítulo sintetiza las principales formas de organización bancaria que se han pensado como alternativas al sistema de banca central.

En respuesta a dos posts que publiqué en los últimos días sobre la crisis en Wall Street (uno y dos), recibí una gran cantidad de comentarios. En general, los comentaristas se oponen con tenacidad al salvataje de los bancos que pretende realizar el gobierno del presidente Bush y que el Congreso de EEUU aún no aprobó. La oposición es principista; tiene el mismo tono que la oposición de la rama conservadora del partido Republicano. No aprueba el salvataje de los bancos por la misma razón que no aprobaría el de una fábrica de fideos. No advierte que la inestabilidad del sistema bancario genera una externalidad negativa que pagará toda la economía por vía del congelamiento de los canales de crédito y una posible contracción de la oferta monetaria.

Los comentaristas también se oponen a la intervención de la Reserva Federal. No llegan a comprender que la razón de ser de un banco central es justamente asegurar la estabilidad del sistema bancario. Si la Fed no interviniera, habría que hacerle juicio pues no habría cumplido la función para la que fue concebida y puesta en funcionamiento. En resumen, la intervención de la Fed, sumada en esta ocasión a la del Tesoro, se justifica por el carácter sistémico de la crisis. Los bancos centrales se crearon cuando se generalizó el encaje fraccionario sobre los depósitos bancarios. Es decir, desde el momento en que los antiguos bancos se transformaron en bancos modernos. Siguen algunas propuestas para deshacerse de los bancos centrales. Son propuestas sofisticadas y muy interesantes pero de difícil realización.

                               

Como cabe esperar de un campo tan fértil como el de la teoría y la política monetarias, la variedad de propuestas de reforma es amplia. Sin embargo, el abanico de posibilidades se achica mucho cuando se impone el requisito de que el nuevo sistema monetario y bancario funcione sin banco central. Hasta donde llega nuestro conocimiento, hay cuatro propuestas que cumplen tal requisito. Son las de Simons, de Hayek, de Mundell y del movimiento de free banking. Las tres primeras no han sido puestas en práctica aún; sin embargo, por su vuelo intelectual y sofisticada simplicidad fijan un ideal y nos ayudan a pensar el problema. En rigor, las propuestas de Simons y Hayek prescinden del prestamista de última instancia y la propuesta de Mundell exige un prestamista supranacional. La cuarta propuesta, por su parte, fue una realidad histórica hasta principios del siglo XIX. La ‘banca libre’ reemplazó en situaciones de pánico la asistencia del prestamista de última instancia por una cláusula de reprogramación de depósitos libremente pactada por las partes.

Banca Simons

La banca Simons fue diseñada por Henry Simons y otros economistas de la Universidad de Chicago en la década de 1930, y propuesta en una de sus variantes por Irving Fisher, de la Universidad de Yale, como el sistema menos vulnerable a un pánico bancario (Phillips, 1995, pág. 110). Simons escribió en la atmósfera de urgencia y desorientación ideológica que reinó en EEUU durante la Gran Depresión, "cuando el capitalismo apenas podría sobrevivir los rigores políticos de otra depresión y el sistema bancario prometía depresiones incluso más profundas" (Simons, 1948, pág. 56).

La propuesta divide a la banca tradicional en dos unidades: el almacén monetario y el banco de inversión. El primero recibe depósitos en cuenta corriente, integra un encaje del 100%, no otorga préstamos, presta un servicio de liquidez (clearing) y cobra un arancel por este servicio. El segundo recibe ahorros y entrega a cambio bonos cuyo valor está atado a las inversiones del banco en fondos comunes, empresas y proyectos de inversión; no emite obligaciones de renta fija ni otorga préstamos convencionales, y cobra el clásico arancel del broker. La oferta monetaria sería en este caso igual a la suma del circulante emitido por el gobierno y el saldo de las cuentas corrientes creadas por los almacenes monetarios. La tasa de crecimiento de la oferta de M1 obedecería a una regla fijada por ley y el tipo de cambio de la moneda nacional flotaría (ibid, pág. 57-65). Milton Friedman hizo suya la propuesta, con la sugerencia de remunerar los saldos de las cuentas corrientes (Friedman, 1960, pág. 65-75).

Es una ironía que Simons haya creído conveniente que su sistema funcione dentro de un régimen de flotación cuando justamente la banca Simons es consistente con un régimen de tipo de cambio fijo. Pero la ironía tiene su explicación cuando se piensa dentro del contexto que le tocó vivir. Su primer objetivo era aislar a la oferta monetaria del comportamiento del público; esto era posible ya que, una vez abolido el encaje fraccionario, el multiplicador de la base monetaria quedaría fijo en la unidad. Su segundo objetivo era practicar una política monetaria activa, anticíclica; esto también era posible pues la reforma estaba destinada a un país con una velocidad de circulación estable y un nivel de precios bastante rígido.

Si fuera aplicable, la banca Simons sería un sistema invulnerable al pánico bancario. ¿Por qué razón correría el público sobre los depósitos en el almacén monetario, si el encaje alcanza para todos? ¿Por qué razón correría sobre los bonos del banco de inversión, cuando sus cotizaciones ya reflejan el colapso bursátil? Ideal como parece, la banca Simons tiene un problema en todas partes y uno más en Argentina. El problema que presenta en todas partes es que el banco de inversión no ofrece depósitos a plazo fijo. En vista de la preferencia del público por este instrumento de ahorro y de la preferencia de los deudores por los préstamos de monto y tasa fijos, la banca Simons daría lugar a un mercado negro conformado por entidades que toman depósitos a plazo con encaje fraccionario y otorgan préstamos convencionales, y que en la emergencia del pánico necesitaría el auxilio de un prestamista de última instancia, pues en caso contrario la corrida remataría en un lock-out coordinado por los mismos bancos o impuesto por el gobierno (corralito). El segundo problema que presenta la banca Simons en nuestro país es menos sofisticado pero no menos grave. En vista de la historia institucional argentina, no debería extrañarnos que el encaje de las cuentas corrientes del almacén monetario fuera visto como un botín reluciente por un gobierno en crisis financiera, listo a ser canjeado por bonos públicos. Esta expectativa sería motivo suficiente para provocar una corrida sobre el almacén monetario, circunstancia que derivaría en un corralito y en un consecuente quiebre de la cadena de pagos.

Banca Hayek

Tanto o más interesantes y relevantes que la propuesta en si misma, son los motivos que llevaron a Hayek a escribir Denationalisation of Money (1978). Este largo y erudito artículo es un intento desesperado por encontrar una solución políticamente factible para eliminar la inflación, “el problema más simple desde el punto de vista técnico” (Hayek, 1978, pág. 13). Su objetivo es prevenir decisiones monetarias y financieras que son inevitables cuando los gobiernos tienen el poder de tomarlas. El autor se refiere a decisiones oficiales que pueden remover con rapidez y facilidad las causas del descontento de grupos de presión, pero que están condenadas a desorganizar y, por último, a destruir el orden de mercado (ibid, pág. 19). Para ello, Hayek propone abolir el uso exclusivo dentro de cada territorio nacional de la moneda emitida por el gobierno y admitir en igualdad de condiciones la circulación de monedas emitidas por otros gobiernos. Y llegado este punto, se pregunta sobre la conveniencia de eliminar de una vez por todas el monopolio oficial en la emisión de dinero y permitir que el sector privado suministre al público otros medios de cambio que sean de su preferencia (ibid, pág. 20).

Hayek pensó su propuesta para el viejo Mercado Común Europeo, como una alternativa superior al proyecto de la moneda única administrada por un gran banco central continental, que más tarde se concretaría bajo el nombre de Banco Central Europeo, emisor del euro. El núcleo de su propuesta se sintetiza así: a) primero en Europa y luego en otros continentes, surgirían bancos privados emisores de circulante, encajes bancarios y depósitos; b) el dinero emitido por estos bancos circularía libremente en el país de origen y en todos los países que adhieran a un acuerdo internacional de libertad monetaria y bancaria. Por tanto, el dinero emitido por cualquier banco gozaría de la misma aceptación en todo tipo de transacciones y contratos, presentes y de pago diferido, privados y públicos, incluidos los pagos de impuestos y sueldos y salarios y los pequeños gastos, en cualquier país suscriptor del acuerdo. De esta manera, por ejemplo, el dinero y los depósitos emitidos por un banco privado alemán competirían de igual a igual con el dinero emitido por el gobierno alemán o el gobierno francés, y con el dinero y los depósitos emitidos por otros bancos privados de cualquier país suscriptor del acuerdo; c) cada banco emitiría moneda por dos canales: la compra de monedas de reserva y, sobre todo, el otorgamiento de préstamos de corto plazo; d) la política de emisión de cada banco apuntaría a mantener aproximadamente constante el precio agregado de una canasta de commodities que refleje los intereses comerciales y de consumo de la región o las regiones donde se concentren las tenencias del dinero emitido por el banco; e) como las monedas emitidas por los distintos bancos serían virtualmente perfectas sustitutas y sus velocidades de circulación, muy volátiles, cada banco estaría listo para congelar o, si fuera necesario, exigir la cancelación de sus préstamos, y sobre todo para intervenir en el mercado de cambios y sostener la paridad original de su moneda en términos de las otras; f) aparte de los bancos emisores, habría bancos parasitarios operando como almacenes monetarios; los bancos emisores no podrían ser prestamistas de última instancia de los parasitarios; g) las áreas de predominio de cada moneda no tendrían límites precisos; es probable que se superpongan y que sus fronteras fluctúen. Aunque "sin duda, persistirán enclaves gobernados por dictadores que no querrán perder el poder del manejo monetario aun cuando la ausencia del control de cambios ha devenido en la marca distintiva de un país civilizado y honesto" (ibid, pág. 88).*

Entre las principales ventajas y desventajas de la propuesta, se cuentan las siguientes: a) en cada país habría tantos niveles de precios como monedas circulen en él, pero habría una sola estructura de precios relativos; b) desaparecería la institución del prestamista de última instancia; en rigor, esta función se volvería redundante ya que el público no correría contra bancos que pueden emitir circulante; c) se erradicaría la posibilidad de devaluación. Hayek no justifica la devaluación: "el argumento moderno del nacionalismo monetario favorece un arreglo por el que todos los precios de una región pueden ser simultáneamente elevados o rebajados en relación con todos los precios de otras regiones. Se considera que esta es una ventaja porque evita la necesidad de rebajar un grupo particular de precios, especialmente, salarios, cuando la demanda internacional de ciertos productos ha caído. Pero en la práctica, esto significa que, en vez de rebajar algunos pocos precios afectados, una cantidad mucho más grande de precios tendrá que elevarse para restaurar el equilibrio internacional del país después de la devaluación de la moneda local" (ibid, pág. 86); d) se evitaría el control de precios, ya que la devaluación es su causa directa; sin embargo, e) la propuesta favorecería la concentración de la actividad bancaria porque los bancos parasitarios, que deberían tener un encaje de 100% sobre sus depósitos en cuenta corriente, competirían en desventaja con los bancos de emisión en este mercado; f) frente a un gobierno hostil, la posición del banco emisor local podría ser insegura; "existiría algún peligro de que las fuerzas nacionalistas y socialistas involucradas en una estúpida agitación contra las corporaciones multinacionales empujen a los gobiernos a conceder ventajas a las entidades nacionales, provocándose así un gradual retorno al presente sistema de emisión nacional privilegiada" (ibid, pág. 96).

Banca Mundell

Grandes economistas de todas las épocas han sido internacionalistas (Ricardo, Bagehot, Stuart Mill, Hayek, Mundell) y han favorecido el argumento de la estabilidad de la unidad de cuenta por encima del argumento de la estabilización macroeconómica. Han creído que la función básica del dinero es facilitar la comparación de precios y reducir el riesgo de incumplimiento de los contratos de pago diferido, y han advertido que la política monetaria activa (flotación cambiaria), cuyo propósito es regular el nivel de actividad y crear ventajas artificiales para los sectores exportable y sustitutivo de importaciones, hace imposible que la moneda local sea una efectiva unidad de cuenta, conduce al estancamiento y, finalmente, a la destrucción del capitalismo. En un artículo clásico de 1961, A Theory of Optimun Currency Areas, Mundell desarrolló con reservas una justificación del empleo del tipo de cambio flotante como instrumento anticíclico. Sin embargo, en Mundell (2000), el artículo que contiene la propuesta que ahora pasamos a sintetizar, no quedan rastros del apoyo a la flotación y se impone el argumento de la unidad de cuenta estable, al punto de sugerir una especie de patrón oro universal exento de la "perversa inelasticidad de la oferta de dinero" que caracterizó al viejo patrón oro.

Mundell cree que el camino más rápido para suministrar a un país una unidad de cuenta estable, o una moneda de primera clase mundial, consiste simplemente en abolir el banco central nacional y adoptar el dólar norteamericano. Afirma que el dólar es la mejor opción disponible en virtud de su masa monetaria (la mayor parte de las transacciones comerciales y financieras del mundo se realiza en dólares) y de la estabilidad comparativa de la política monetaria de la Reserva Federal. Sin embargo, cuando piensa en un nuevo orden monetario mundial, lo descarta porque "representa un enfoque hegemónico de la unión monetaria" y porque "la alternativa de una nueva moneda creada por medio de un acuerdo político (como el euro o el plan del ‘amero’ de Herbert Grubel para Norteamérica) involucra un alto grado de cooperación política y la necesidad de compartir soberanía" (Mundell, 2000, pág. 225). Como EEUU, UE y Japón no muestran esta predisposición, el autor concluye que una unión monetaria (de moneda única) no es posible en el mundo actual (ibid, pág. 252).

El núcleo de su propuesta puede resumirse así: a) se conforma la unión monetaria del dólar, el euro y el yen, que son las monedas de las tres islas de estabilidad del mundo; b) se elige una de ellas como pivote; debería elegirse el dólar atento a su masa monetaria; los otros países fijarían el tipo de cambio entre sus monedas y el dólar; en números redondos, el tipo de cambio de Japón se fijaría en 100 yenes por dólar y el de UE en 1 euro por dólar; c) la tarea de los bancos centrales de Japón y UE consistiría en mantener fijos esos tipos de cambio y la tarea de una Reserva Federal expandida consistiría en mantener estable el nivel de precios; d) el Comité de Mercado Abierto de la Reserva Federal quedaría compuesto por expertos japoneses y europeos así como norteamericanos; un comité de nueve miembros podría incluir 4 norteamericanos, 3 europeos y 2 japoneses; los miembros del comité serían independientes de sus gobiernos, como sucede, teóricamente, con los directores del Banco Central Europeo; e) la Reserva expandida decidiría el ritmo de expansión del crédito (o de crecimiento de la oferta de base monetaria en dólares) por medio del voto de sus miembros; f) la política monetaria apuntaría a un target establecido de común acuerdo; el índice de precios tendría en cuenta los bienes representativos de todas las áreas, siguiendo el ejemplo del índice armonizado de precios al consumidor de Europa; g) habría una fórmula para redistribuir el señoreaje, también según el modelo europeo; h) para integrar al resto del mundo al nuevo sistema monetario, el FMI se convertiría en un banco central mundial con autoridad para emitir una moneda mundial, el intor, con respaldo en las monedas emitidas por los tres grandes bancos centrales; i) el intor sería el numerario del sistema mundial, con un tipo de cambio igual a 1:1 respecto del dólar o el euro, o igual a 1:100 respecto del yen; j) el país que deseara participar en el nuevo sistema debería fijar el tipo de cambio de su moneda en términos del intor y seguir los principios de ajuste de una caja de conversión, y permitir que sus precios internos se denominen tanto en la moneda mundial como en la nacional; k) se contemplaría un arreglo para redistribuir el señoreaje sobre una base global en vez de una tripartita; una posible forma de reparto sería que los tres líderes establecieran un fondo de financiamiento de proyectos acordados internacionalmente. (Ibid, pág. 252-255.)

Un párrafo del autor sintetiza mejor que nada los beneficios de la propuesta: "Considere los grandes beneficios para el resto del mundo, incluyendo a América Latina; nunca más volvería a preocuparse por las fluctuaciones de los tipos de cambio dólar-euro, dólar-yen o euro-yen, y podría vincular su moneda con una verdadera moneda internacional en cuya producción participaría.** Los países participantes no experimentarían más crisis cambiarias en la medida que siguieran las reglas de la caja de conversión (no hay malos movimientos de capitales; sólo hay malos regímenes cambiarios). Una moneda mundial suministraría una unidad de cuenta universal para transmitir valores y sería la fuente de un fuerte aumento de las ganancias del comercio internacional." (Ibid, pág. 255.)

En vista de una historia de excepcional volatilidad institucional, queda en evidencia que la propuesta de Mundell es insuficiente. Si Argentina fue capaz de abandonar la convertibilidad con respecto al dólar, ¿qué fuerza podría evitar que abandonáramos una convertibilidad con respecto al intor? Ninguna suficientemente costosa. El intor debería sustituir directamente a la moneda nacional para darle al país un mayor sentido de permanencia. Por último, no está demás repetir que, se sustituya o no el peso por el intor, la adhesión al esquema de moneda universal de Mundell supone que el banco central mundial que surja del FMI reformado será nuestro nuevo banco central y superintendente de bancos.

Banca Libre

La propuesta de Hayek le insufló nueva vida al histórico movimiento de free banking. Porque, aunque apuntan a cosas distintas, las anima el mismo espíritu de descentralización de la actividad bancaria. Selgin (1988) y Dowd (1996) se cuentan entre los principales expositores de la ‘banca libre’. Schuler y Hanke (2002) la propusieron para Argentina después del pánico fatal de 2001.

La banca libre tuvo su auge principalmente en Escocia, Nueva Inglaterra, Canadá y Suecia en el siglo XVIII y principios del XIX, cuando no existían, o justamente porque no existían, los bancos centrales. Funcionaba de la siguiente manera: a) una caja de conversión emitía circulante con respaldo de oro; b) el público depositaba una parte del circulante en los bancos; c) sobre esta base, los bancos creaban depósitos y emitían billetes propios; d) la oferta monetaria era igual al circulante convertible más los billetes y depósitos en cuenta corriente emitidos por la banca libre; e) si por razones estacionales u otro motivo el público deseaba menos billetes y más depósitos en cuenta corriente, la banca hacía la conversión automáticamente; f) pero cuando el público desconfiaba del sistema bancario y se apuraba a convertir tanto los billetes como los depósitos en circulante convertible en oro, sobrevenía el drama puesto que no existía la institución del prestamista de última instancia (el Banco de Inglaterra se vio compelido a cumplir dicha función varias veces); g) la banca libre, sin embargo, encontró espontáneamente un mecanismo para superar los pánicos que funcionó bien: la cláusula de reprogramación (Dowd, 1996, pág. 41-57; Shah, 1997); h) la cláusula era una parte del contrato de emisión de depósitos, preveía su congelamiento por un cierto tiempo (seis meses) y el banco pagaba a cambio una tasa extra de interés (3% por año).

El talón de Aquiles del free banking es su eminente reversibilidad. Selgin (1988, cap. I) repasa el exitoso desarrollo de la banca libre en aquellos y otros países mientras el sistema funcionó exento de regulaciones oficiales, y señala de qué maneras los gobiernos se fueron apropiando del recurso del señoreaje. Este proceso de monopolización desembocó en la creación de virtuales bancos centrales de propiedad privada, como el Banco de Inglaterra en el siglo XIX, o de bancos centrales estatales, como los que forman parte del paisaje de las economías nacionales en la actualidad, sin el menor cuestionamiento, aun en países donde el fracaso de este tipo de organización es manifiesto.

(La saga sobre la crisis continúa en Wall Street en crisis III.)

Referencia bibliográfica

Dowd, K. (1996): Laissez-Faire Banking, Routledge.

Friedman, M. (1960): A Program for Monetary Stability, Fordham University Press.

Hayek, F. (1978): Denationalisation of Money, The Institute of Economic Affairs.

Mundell, R. (2000): “Currency Areas, Exchange Rate Systems and International Monetary Reform”, Journal of Applied Economics, November.

Phillips, R. (1995): The Chicago Plan & New Deal Banking Reform, M. E. Sharpe.

Selgin, G. (1988): The Theory of Free Banking (Money Supply Under Competitive Note Issue), Rowman & Littlefield.

Simons, H. (1948): “A Positive Program for Laissez Faire. Some Proposals for a Liberal Economic Policy”, Economic Policy for a Free Society, The University of Chicago Press.

Schuler, K. y S. Hanke (2002): “How to Dollarize in Argentina Now”, Cato Institute web paper, January.

Shah, P. (1997): “The Option Clause in Free-Banking Theory and History: A Reappraisal”, Review of Austrian Economics, 10, Nº 2.

Aclaraciones

* La propuesta de Hayek está dispersa en los capítulos VIII a XV de la obra citada.

** América Latina o el país adherente tendría sus representantes en el directorio del FMI.

marzo 6, 2008

Conclusiones de «Aperturas»

Filed under: Académica — Jorge Avila @ 2:27 pm

Entre noviembre de 2006 y febrero de 2008 publiqué 9 posts dedicados a aperturas exitosas al comercio internacional. Hoy publico mis conclusiones. No las sintetizo en una línea porque el texto que sigue es suficientemente conciso.

La profesión económica está de acuerdo prácticamente en un 100% sobre los beneficios del libre comercio. El debate se concentra en la oportunidad social, política e internacional y en la forma de llegar al libre comercio: gradualismo versus shock, el calendario sectorial de la apertura. Pero la profesión no ha considerado seriamente el costado de la credibilidad de la apertura. La prueba de ello es que prefiere en forma casi unánime la apertura unilateral, à la chilena. Esta preferencia se basa en dos hipótesis: a) la apertura unilateral a todos los países evita el costo del desvío de comercio que conllevan los acuerdos bilaterales, y b) la apertura es creíble. Esta hipótesis se cumple en casos excepcionales. Las aperturas de Argentina y de Perú a fines de la década de 1970 son buenos ejemplos de intentos unilaterales que pronto fracasaron por indefiniciones ideológicas, problemas fiscales y presiones sectoriales (Ávila 1989c y 1989d).

Las señales de irreversibilidad que emite un proceso de apertura tienen una importancia capital en su éxito. La apertura determina un aumento del precio relativo de la producción exportable (o una reducción equivalente del precio relativo de la producción importable), y así pone en marcha un proceso de reasignación de capital, capacidad empresarial y trabajo desde el sector que compite con las importaciones al que exporta. Pero si el mercado percibiera que el esfuerzo de apertura es reversible, el país quedaría entrampado en un drama de buenas intenciones: por un lado, el sector sustitutivo de importaciones dejaría de invertir; por el otro, el sector exportable no tendría incentivos suficientes para invertir. La recesión, el desempleo, la presión del lobby proteccionista y el descontento social se acumularían y el gobierno terminaría por ceder.

La tesis del ensayo es la siguiente: mientras más amplio sea el acuerdo comercial y más importante el país o el bloque económico del cual el país se haga socio, más exitosa será la apertura. En otras palabras, una integración económica supranacional debería resultar en un éxito más temprano que una simple apertura unilateral, sobre todo para países signados por una historia de inestabilidad.

Los cinco casos examinados en el ensayo sugieren que la tesis es verdadera. La apertura chilena fue unilateral, fue guiada por una férrea convicción ideológica por parte del equipo de reforma que la instrumentó y fue percibida como irreversible. La apertura mexicana fue bilateral y fue percibida como irreversible en vista de su alto costo de repudio. La apertura española fue supranacional, fue guiada por la convicción de que España debía integrarse a Europa en materia económica, defensiva y política, y las señales de irreversibilidad fueron contundentes; el abandono de la Unión Europea era y es impensable. La apertura japonesa fue sui generis: unilateral, porque el país se abrió al resto del mundo sin pedir reciprocidad, pero obligada por las fuerzas de ocupación de EEUU; las señales de irreversibilidad fueron también contundentes; el gobierno de EEUU quería un Japón fuerte como aliado en Oriente contra el comunismo en expansión en la ex Unión Soviética, China y Corea, y el propio Japón entendió que la apertura significaba lo opuesto al nacionalismo cultural y económico que lo había conducido a la derrota militar. Todas estas aperturas aceleraron el crecimiento económico, pero éste adquirió características de “milagro” solamente en los casos español y japonés. El milagro español insumió apenas dos décadas; el japonés, también dos décadas. México y Chile no han conseguido éxitos tan grandes en procesos que ya acumulan más de dos décadas, aunque la bilateral mexicana ha conseguido en menos tiempo que la unilateral chilena un aumento de las exportaciones casi tan espectacular.

Por su parte, la apertura argentina del siglo XIX, aunque unilateral, condujo a un tratado con Gran Bretaña que encauzó las relaciones anglo-argentinas. Recién cuando Argentina se pudo unificar sobre una base constitucional, 40 años después, se inició un boom económico y el país devino en parte informal del Imperio Británico. El boom se acabó ya en el siglo XX, cuando el país perdió, por una crisis mundial sin precedentes, su relación especial con aquella superpotencia comercial y financiera. Desde 1930, sin la disciplina que imponen los compromisos políticos y económicos inherentes a una sociedad con una superpotencia, el país se aisló y se deslizó hacia el ultra-proteccionismo.

En síntesis, la conclusión del ensayo es que los aspectos institucionales de un tratado de libre comercio pueden ser más importantes que los comerciales. Pues detrás del comercio viene la inversión directa extranjera, y lo que determina el éxito de una apertura es, sobre todo, la acumulación de capital y el aumento del ingreso per cápita. Un país no se abre para exportar unos dólares más a determinado mercado sino para importar instituciones, pese a los incuestionables beneficios de la especialización y el intercambio internacional.

Referencias Bibliográficas

Ávila, J. (1989c): “Argentina: La inmoderación fiscal y la apertura no son conciliables.” Informe no publicado.

Ávila, J. (1989d): “Perú: Mucho de lo que debe evitarse.” Informe no publicado.

febrero 29, 2008

Apertura argentina IV

Filed under: Académica — Jorge Avila @ 9:05 am

Este es el cuarto post sobre la apertura argentina del siglo XIX. Contiene un listado de algunos indicadores de la confianza que inspiró el giro político nacional a favor de la apertura, un cuadro con la aritmética del "milagro argetino" y una breve narración de las presiones ideológicas y los sucesos externos por los que el país perdió su status de parte informal del Imperio británico y se encaminó más tarde al ultra-proteccionismo. Para releer el primer post con el plan general de exposición, la introducción y la primera mitad de la historia comercial, haga click aquí. Para releer el segundo post, con la segunda mitad de la historia comercial, haga click aquí. Y para releer el tercer post, con el listado de las señales de irreversibilidad que envió el giro político, haga click aquí.

 

Este apartado tiene por fin presentar datos indicativos de la amplia confianza que despertó el proceso argentino de apertura e integración comercial del siglo XIX. A diferencia de los casos que examinamos antes, la información estadística disponible para el caso argentino es fragmentaria y aproximada. En un principio, se presentan datos reveladores de la confianza que inspiró la apertura; hacia el final, figuran datos reveladores de su éxito material.

Precio de la tierra: “En 1872, el Buenos Aires Standard estimaba que el valor de las tierras de las cercanías inmediatas a la capital argentina había aumentado 50 veces durante los años 1850-70” (ibíd., 330). El autor no detalla en qué moneda se midió el aumento, pero debió ser realmente grande pues agrega que las ganancias de capital fueron enormes. “Hay muchas pruebas que inducen a creer que el valor de la tierra aumentó alrededor del 1000% entre 1883 y 1887 en la provincia de Buenos Aires, del 420% en Santa Fe, del 750% en Córdoba y del 370% en Entre Ríos” (Díaz Alejandro op. cit., 48, basado en Ferns op. cit.) Entre 1888 y 1929 el valor de la tierra en la provincia de Buenos Aires se multiplicó por un factor superior a 5, expresado en pesos oro; en otras provincias el aumento también fue enrome (Díaz Alejandro op. cit., 57).

Inversiones británicas: Antes de 1880, las inversiones británicas (acumuladas) en el país no llegaban a 25 millones de libras; en 1885 habían aumentado a 45 millones; en 1890, cuando se precipitó la crisis de Baring, sumaban 150 millones, aunque el secretario comercial de la Legación británica en Buenos Aires las estimó en un monto mayor a 200 millones. “El año 1889 fue en verdad un annus mirabilis, en el que Argentina absorbió entre 40% y 50% de todas las inversiones británicas hechas fuera del Reino Unido” (Ferns op. cit., 397). Por su parte, la participación británica en la propiedad del capital hundido en el país ascendió a 81% en 1900; disminuyó a 59% en 1913 (pese a que se duplicó el monto medido en dólares corrientes), y fluctuó en torno de 60% entre 1923 y 1927 (Díaz Alejandro op. cit., 42). Otra fuente, O’Rourke y Williamson (op. cit., 211), reporta que Argentina atrajo 11% de las inversiones británicas en ultramar del período 1907-1913, mientras Australia y Nueva Zelanda atraían un 6%; EEUU, un 15%, y Canadá, un 23%.

El cuadro 5 resume la notable expansión de las vías del ferrocarril entre la presidencia de Mitre y el fin de la experiencia de apertura. Este es un indicador de la inversión directa extranjera; su evolución debe ser interpretada a la luz del párrafo sobre la inversión británica. La construcción de kilómetros de vías es un indicador de confianza y, a la vez, de crecimiento. El masivo incremento de la población y el aumento del ingreso per cápita son una consecuencia del proceso inversor. Este simple cuadro ordena los datos fundamentales del “milagro argentino”.

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Garantías ferroviarias: Desde el principio, la construcción de ferrocarriles fue subsidiada por el gobierno nacional. Para la del Ferrocarril Central Argentino, por caso, se entregó una legua de tierra a cada lado de la línea y se garantizó un rendimiento sobre las inversiones de 7% anual (Ferns op. cit., 345). Luego de la crisis Baring, los susidios se fueron recortando. “Después de 1905 no se acordó a ninguna compañía ferroviaria argentina garantía o subsidio de ninguna clase” (ibíd., 476). Note en el cuadro 5 que no por ello la extensión de las vías dejó de aumentar.

Préstamos hipotecarios: “Con anterioridad a 1930, había un amplio mercado de hipotecas de especial importancia para la canalización de fondos hacia las actividades rurales y la construcción de viviendas urbanas. Entre 1915 y 1925 la deuda hipotecaria pendiente tenía un valor aproximado de la mitad del PBI” (Díaz Alejandro op. cit., 45). Este párrafo, así como el referido a las garantías ferroviarias, es un buen indicador de la virtual desaparición del riesgo-país.

 

A mediados de la década de 1900, cuando el ingreso per cápita argentino tocaba el 90% del ingreso del grupo líder y el gobierno argentino podía prescindir del subsidio a la inversión ferroviaria, y cuando fallecían Mitre y Pellegrini, como presagio del fin de una época, vio la luz el “nacionalismo cultural”. El Ariel, de Rodó, es una de las obras más representativas de la nueva visión. Según Altamirano y Sarlo (1997, 164-165), “el centro de la obra de Rodó constituye una impugnación de la civilización triunfante en los EEUU, utilitaria y volcada a la búsqueda del progreso material”; añaden luego que “Rodó hace alarmadas advertencias contra los peligros de la democracia y el cosmopolitismo”. Lugones, Rojas y Gálvez, en literatura, y Bunge, en economía política, fueron los principales expositores de esta visión en nuestro país (Halperín Donghi 2000, 216, 95, 233 y 180, respectivamente). Los astros se iban alineando en contra de la relación anglo-argentina.

En 1916 la República posible dio paso, como estaba previsto desde 1853, a la República verdadera. Llegó el Partido Radical, nacionalista y reformista, al poder. “Algunos de los elementos del Partido Radical provenían de familias que habían cooperado con el régimen rosista, derrotado por los liberales que organizaron el sistema económico que predominó a partir de 1862” (Díaz Alejandro op. cit., 70). La primera guerra mundial, 1914-1918, asestó un severo golpe a un país que exportaba más de la mitad de su PBI. La revolución rusa profundizó el nacionalismo cultural y la inclinación proteccionista. Bunge expresaba, ya en 1923, sus temores sobre el proteccionismo agrícola de EEUU y las preferencias imperiales británicas (ibíd., 294). “La casi totalidad de la opinión (pública) rechazaba vigorosamente el mantenimiento de normas que dejaban a la Argentina expuesta a la penetración de esas empresas gigantes (Anglo-Dutch y Standard Oil). (…) la Sociedad Rural (…) reaccionaba contra la creciente clausura del mercado norteamericano a los productos de la ganadería argentina” (Halperín Donghi op. cit., 254). Por último, “¿Qué hacer cuando La Prensa (…), en sus comentarios a lo largo del debate, se inclina cada vez más decididamente (…) por aducir (…) que, aunque bajo el monopolio fiscal la producción (de petróleo) no ha de crecer al mismo ritmo que bajos manos privadas, es necesario resignarse a ello porque la alternativa significa abrir las fronteras de la nación a influencias dispuestas a destruirla?” (ibíd., 254). Este extracto de citas permite ilustrar el giro ideológico que se fue concretando en los veinte años anteriores a 1930.

“Desde luego que la Argentina nunca perteneció al Imperio británico; pero la Argentina (…) era parte de Imperio extraoficial de Gran Bretaña” Ferns (op. cit., 485). Esta sagaz observación sintetiza mejor que nada nuestro mensaje sobre la exitosa apertura argentina del siglo XIX. El gran crecimiento no se debió a la extensión de la frontera agropecuaria, ni siquiera a la apertura comercial, sino a una relación largamente respetada que cimentó la amistad, el comercio y la inversión. El país se abrió en forma unilateral al comercio internacional, pero el Tratado de 1825 le permitió convertirse en un socio informal de una superpotencia e importar, por esta vía, disciplina económica. En más de un sentido, fue una experiencia similar a la que protagoniza México en la actualidad.

El abandono del Tratado no se debió, sin embargo, al generalizado clima a favor de una posición aislacionista y autarquista. La causa directa fue la Gran Depresión. Argentina no tomó la decisión de abandonarlo. Se resistió mucho a hacerlo pues presentía que no había nada mejor para reemplazarlo.

(Para leer las conclusiones globales de la serie de posts dedicados a las aperturas comerciales, haga click aquí.)

Referencias Bibliográficas

Amaral, S. (1993): “Del mercantilismo a la libertad: las consecuencias económicas de la independencia argentina.” L. Prados de la Escosura y S. Amaral (eds.): La independencia americana: consecuencias económicas. Alianza Universidad.

Altamirano, C. y B. Sarlo (1997): “La Argentina del centenario: campo intelectual, vida literaria y temas ideológicos.” C. Altamirano y B. Sarlo: Ensayos argentinos. De Sarmiento a la vanguardia. Ariel.

Berlinski, J. (2003): “International trade and commercial policy.” G. Della Paolera y Alan Taylor (eds.): A New Economic History of Argentina. Cambridge University Press.

Della Paolera, G., M. Irigoin y C. Bózzoli (2003): “Passing the buck: Monetary and fiscal policies.” Della Paolera y Taylor, op. cit.

Díaz Alejandro, C. (1975): Ensayos sobre la historia económica argentina. Amorrortu editores.

Ferns, H. (1966): Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX. Ediciones Solar/Hachette.

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Halperín Donghi, T. (2000): Vida y muerte de la República verdadera. Ariel Historia.

O’Rourke, K. y J. Williamson (1999): Globalization and history. MIT Press.

Salvatore, R. y C. Newland (2003): “Between independence and the golden age: The early Argentine economy.” Della Paolera y Taylor, op. cit.

Vázquez-Presedo, V. (1971): El caso argentino. EUDEBA.

Vázquez-Presedo, V. (1992): Auge y decadencia de la economía argentina (desde 1776). Academia Nacional de Ciencias Económicas.

febrero 26, 2008

Apertura argentina III

Filed under: Académica — Jorge Avila @ 12:46 pm

Este es el tercer post sobre la apertura argentina del siglo XIX. Contiene un listado de las señales de irreversibilidad del giro político nacional a favor de la apertura. Para releer el primer post con el plan general de exposición, la introducción y la primera mitad de la historia comercial, haga click aquí. Para releer el segundo post, con la segunda mitad de la historia comercial, haga click aquí.

 

El giro político aconteció en 1852 (batalla de Caseros) y se consolidó en 1861 (batalla de Pavón). Hasta 1861 Argentina había gozado de un comercio internacional bastante libre; muy libre en el período posterior a la independencia y algo restringido durante el régimen rosista. Las exportaciones habían aumentado pero la economía no había experimentado aún un avance significativo. El país gozaba del beneficio de la especialización y el intercambio pero no del beneficio de la acumulación de capital y el crecimiento, que es potencialmente superior. En la década de 1860, empezó a notarse algún movimiento, que se intensificó en la de 1870 y se convirtió en un boom en la de 1880. ¿Qué señales recibieron los inversores?

Ocho instancias, agrupadas en dos tandas, enviaron claras señales de un giro político irreversible a favor de la apertura. Primera tanda: 1ª) “Se estableció un gobierno nacional basado en una Constitución escrita que creaba un Poder Ejecutivo y un Poder Legislativo representativos de toda la comunidad argentina.” Desde 1852, “en vez de un gobernador de Buenos Aires a cargo de las relaciones exteriores y las finanzas generales del país, había un presidente de la Nación con poder legal sobre todo el país”, en vez de un montón de Estados pequeños, un único Estado grande, y en vez de un montón de pequeños mercados, un gran mercado. La diplomacia británica había bregado por este ordenamiento casi desde el principio. 2ª) El primer presidente de la Confederación, Urquiza, “reconoció la independencia de Paraguay, dejó de intervenir en las cuestiones internas de Uruguay y declaró a Brasil que no pretendía que Uruguay dependiera de Argentina y que esperaba que Brasil por su parte hiciera lo mismo”. De esta forma, el gobierno argentino despejaba el horizonte de posibles conflictos y reducía el riesgo de futuros bloqueos y sacudones financieros. 3ª) La salida del default con la casa Baring Brothers en 1857 en términos convenientes para ambas partes. “La feliz conclusión de este negocio y el establecimiento de una corriente de servicios por la deuda hacia los centros de capital británico reforzaron la resolución británica de ayudar a una conciliación de la Confederación y la provincia de Buenos Aires”, que era parte nominal pero no efectiva de aquélla. 4ª) El traspaso del poder de Urquiza a Mitre. “La presidencia de Mitre fue la señal de una fundamental decisión política de toda la sociedad argentina (…) en favor de la expansión económica y de la integración del país en la comunidad y los mercados internacionales…” Así se inició “una época de inversión y de libre comercio”. (Frases tomadas de Ferns op. cit., 296, 297, 322 y 326-327.)

La última frase de Ferns induce a confusión. Dice que la presidencia de Mitre inició una época de inversión y libre comercio. Lo cierto es que en la década de 1860 empezó a afluir el capital extranjero pero el comercio se mantuvo, en términos generales, tan libre como en la década de 1850, según puede verificarse en los párrafos anteriores y en el gráfico 1. El crecimiento del comercio exterior que impresiona a Ferns no se debió a una significativa desregulación comercial sino a la creciente inversión y consecuente expansión económica. A su vez, la creciente inversión se debió a una baja gradual del riesgo-argentino alentada por la unificación constitucional del país, la solución de conflictos con otros países (Brasil) y la salida del default, en el contexto de una relación especial con Gran Bretaña regulada por el Tratado Anglo-Argentino.

La respuesta económica al nuevo orden político fue casi instantánea. “Al cabo de tres años, hombres de negocios e ingenieros británicos habían establecido bancos y compañías ferroviarias y tranviarias en la Argentina; a éstas siguieron poco después obras de utilidad pública como las de gas, aguas corrientes y sistemas de cloacas. La primera fase de inversión de capitales duró desde 1862 a 1875, momento en que la depresión detuvo brevemente el proceso” (ibíd., 328-329). La inversión británica llegaba en 1875 a poco más de 23 millones de libras esterlinas; el 56% en la forma de préstamos al gobierno y el resto como inversión directa en ferrocarriles, bancos, tranvías, saladeros, minas, obras de gas y telégrafos, en este orden (ibíd., 329). (Para poner en perspectiva la importancia del monto invertido, basta recordar que las exportaciones británicas al Río de la Plata promediaron 0,7 millones de libras por año en el período 1824-1850.) Una parte del capital que tomó el gobierno fue invertido en obras de infraestructura; otra, sirvió para cubrir déficits fiscales. La guerra del Paraguay causaba estragos en las finanzas públicas argentinas pero no conmovía el clima de inversión y comercio.

Segunda tanda: 5ª) La campaña del desierto, en 1879. Esta operación militar comandada por Roca aseguró las rutas de comercio y la propiedad en vastas áreas del país. “Entre 1820 y 1870 los indios habían robado 11 millones de cabezas de ganado vacuno, 2 millones de caballos, 2 millones de ovejas; habían dado muerte a 50.000 personas; habían destruido 3.000 casas y habían robado bienes diversos por un valor de 20 millones de pesos. Tanto en el norte como en el sur, los indios habían puesto límites efectivos al uso de los recursos de la tierra a la colonización” (ibíd., 387). 6ª) La capitalización de la ciudad de Buenos Aires, en 1881. Este acto puso una lápida a los intentos secesionistas de la provincia de Buenos Aires. “En adelante, el gobierno nacional fiscalizó los recursos financieros de toda la República y la autoridad soberana correspondió de hecho y de derecho a un solo gobierno, que residía en su propia ciudad” (ibíd., 392). 7ª) La amigable solución del conflicto entre el banco de la provincia de Santa Fe y la sucursal en Rosario del Banco de Londres y Río de la Plata, en 1876. La crisis se debió a que el primero había hecho expropiar fondos en oro del segundo, arrestar a su gerente y revocar su permiso de emisión de billetes, mientras “el público se volvía al banco inglés en virtud de su solidez y disposición a realizar negocios en oro, si así se pedía” (ibíd., 383). Para Ferns, un académico que estudió las relaciones anglo-argentinas durante el siglo XIX basándose primordial sino exclusivamente en los archivos del Foreign Office, este evento reviste un carácter especial. “Tanto el tono de la prensa como la acción del gobierno en el asunto de la sucursal en Rosario del Banco de Londres y Río de la Plata, demostró que cualquiera fueran las diferencias entre los intereses argentinos y las empresas extranjeras, aquéllos deseaban que continuaran fluyendo capitales desde el exterior” (ibíd., 394). 8ª) El Arreglo Romero, en 1893. La negociación entre el gobierno argentino y la Comisión Rothschild evitó que el país cayera en default en ocasión del pánico Baring y abrió un horizonte de estabilidad financiera que permaneció despejado hasta la primera guerra mundial (ibíd., 470).

(Sigue en Apertura argentina IV.)

Referencias Bibliográficas

Amaral, S. (1993): “Del mercantilismo a la libertad: las consecuencias económicas de la independencia argentina.” L. Prados de la Escosura y S. Amaral (eds.): La independencia americana: consecuencias económicas. Alianza Universidad.

Altamirano, C. y B. Sarlo (1997): “La Argentina del centenario: campo intelectual, vida literaria y temas ideológicos.” C. Altamirano y B. Sarlo: Ensayos argentinos. De Sarmiento a la vanguardia. Ariel.

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Della Paolera, G., M. Irigoin y C. Bózzoli (2003): “Passing the buck: Monetary and fiscal policies.” Della Paolera y Taylor, op. cit.

Díaz Alejandro, C. (1975): Ensayos sobre la historia económica argentina. Amorrortu editores.

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Halperín Donghi, T. (2000): Vida y muerte de la República verdadera. Ariel Historia.

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Salvatore, R. y C. Newland (2003): “Between independence and the golden age: The early Argentine economy.” Della Paolera y Taylor, op. cit.

Vázquez-Presedo, V. (1971): El caso argentino. EUDEBA.

Vázquez-Presedo, V. (1992): Auge y decadencia de la economía argentina (desde 1776). Academia Nacional de Ciencias Económicas.

febrero 22, 2008

Apertura argentina II

Filed under: Académica — Jorge Avila @ 2:12 pm

Este es el segundo post sobre la apertura argentina del siglo XIX. Contiene la segunda mitad de una breve historia comercial. Para releer el primer post con el plan general de exposición, la introducción y la primera mitad de la historia comercial, haga click aquí.

La década de 1870 es importante en la historia de la política comercial argentina. Dos circunstancias se reforzaron para dar aliento al proteccionismo industrial: un déficit crónico de la balanza comercial entre 1860 y 1875 y el establecimiento de industrias locales. En 1873 y en 1874 se presentaron y aprobaron iniciativas legislativas de apoyo financiero a la industria nacional, y en 1876 se sancionó una ley arancelaria que aumentó apreciablemente los derechos de importación (Vázquez-Presedo 1971, 214). El arancel para los bienes de consumo (ropa, calzado, azúcar, quesos, vinos, perfumes, muebles, carruajes) oscilaba entre 20 y 40%. El arancel para materias primas que usaba la industria (hierro, cemento, madera, nitrato de sodio) fluctuaba entre 10 y 20%; el carbón estaba exento. El arancel para bienes de capital (material ferroviario, barcos y materiales relacionados, maquinaria industrial, reproductores, alambre de cercos y motores) era 0%; los arados debían pagar un arancel de 10%. La ley arancelaria de 1876 fue revisada en 1880, 1889, 1891 y 1905. El arancel medio que gravaba a los bienes de consumo aumentó para los alimentos y permaneció más o menos estable para el resto. El arancel medio que gravaba a las materias primas para la industria bajó claramente, menos para el cemento. El arancel para los bienes de capital continuó siendo nulo para la gran mayoría de los ítems; para el alambre de cerco subió a 5% y para los arados bajó a 5% (ibíd., 212). (Las empresas británicas eran las grandes importadoras de bienes de capital.) Díaz Alejandro (1975, 276) apunta que la ley de 1905 contenía pocos derechos prohibitivos y no contemplaba restricciones cuantitativas a la importación. En el período 1875-1914, el recargo arancelario sobre las importaciones totales (gravadas más libres) promedió un 24%, con un desvío standard de 4 puntos porcentuales (Vázquez-Presedo 1971, 211). El gráfico 1, basado en cálculos propios sobre datos de Della Paolera, Irigoin y Bózzoli (2003, tabla 3.3), ilustra el impacto depresivo de las leyes arancelarias de 1876, 1880 y 1889 sobre las exportaciones como fracción del PBI. Medido de esta forma, el coeficiente de apertura pasó de más de 40% a 30% en el período 1875-1890.

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De manera que ya en 1876 quedó armada una estructura arancelaria para proteger a la industria de bienes terminados. Según Díaz Alejandro (op. cit., 283), esta política comercial proteccionista seguía vigente en 1927, con modificaciones menores. Pero la trayectoria del cociente Exportaciones/PBI informa que la economía argentina se fue abriendo a partir de la década de 1890, hasta alcanzar en la de 1920 un notable grado de apertura. O’Rourke y Williamson (1999, 35-36) afirman que el giro proteccionista fue generalizado en el mundo entre 1870 y la primera guerra mundial y que la globalización de fines del siglo XIX fue promovida, en rigor, por una impresionante reducción del costo de transporte. Afirman, incluso, que el creciente proteccionismo fue básicamente una “reacción defensiva frente a los vientos competitivos de una integración de mercados motivada por fletes declinantes”. Como los océanos desaparecían, se levantaban murallas. Y ponen un ejemplo luminoso: “El arancel sobre las manufacturas que importaban los países desarrollados cayó de 40% a fines de la década de 1940 a 7% a fines de la década de 1970; una declinación de 33 puntos porcentuales en un período de más de 30 años. Aunque impresionante, este espectacular retorno al ‘libre comercio’ desde el estado de autarquía del período de entre- guerras es menor que la reducción de 45 puntos porcentuales de las barreras comerciales ocurrida entre 1870 y 1913 por las mejoras del transporte”.

Con respecto al giro proteccionista que experimentó la legislación arancelaria argentina, Vázquez-Presedo (1971, 215) argumenta que “las medidas de protección hallaron siempre resistencia dentro y fuera del país, aunque fueran medidas de emergencia, como el caso de la ley de 1891. Las reacciones de los importadores no necesitaban explicación; los exportadores, y sus asociados, publicaron varios argumentos, más o menos fundados, pero lo real se relacionaba con el temor de represalias del otro lado del Atlántico”. Esta enraizada convicción en las virtudes del libre comercio explicaría la rebaja de 13 puntos porcentuales que experimentó el arancel medio en el período 1900-1914. Es probable que también explique la reducción adicional que experimentó hasta 1920 debido a la licuación del valor real de los aforos (por el aumento de los precios internacionales de los productos importados). El arancel medio real cayó a sólo 7.5% en 1920. El gráfico 1 ilustra el impacto expansivo de esta política, que fue formal hasta 1905 e informal hasta los ajustes de aforos dispuestos en julio de 1920 y diciembre de 1923 (Díaz Alejandro op. cit., 277-278). El coeficiente de apertura se elevó a 69% en el período 1917-1922 y descendió a 54% en el período 1923-1928. De forma que entre 1917 y 1928 la economía argentina experimentó su etapa de mayor apertura comercial desde 1853.*

                                  ———————-

* En las décadas que siguieron a 1930, las exportaciones se contrajeron a menos de 10% del PBI debido al proteccionismo más aldeano: aranceles prohibitivos, cuotas de importación, requisitos de contenido nacional, depósitos previos de importación, retenciones a la exportación y controles de cambio. Vea Berlinski (2003) y FIEL (1989).

(Sigue en Apertura argentina III.) 

Referencias Bibliográficas

Amaral, S. (1993): “Del mercantilismo a la libertad: las consecuencias económicas de la independencia argentina.” L. Prados de la Escosura y S. Amaral (eds.): La independencia americana: consecuencias económicas. Alianza Universidad.

Altamirano, C. y B. Sarlo (1997): “La Argentina del centenario: campo intelectual, vida literaria y temas ideológicos.” C. Altamirano y B. Sarlo: Ensayos argentinos. De Sarmiento a la vanguardia. Ariel.

Berlinski, J. (2003): “International trade and commercial policy.” G. Della Paolera y Alan Taylor (eds.): A New Economic History of Argentina. Cambridge University Press.

Della Paolera, G., M. Irigoin y C. Bózzoli (2003): “Passing the buck: Monetary and fiscal policies.” Della Paolera y Taylor, op. cit.

Díaz Alejandro, C. (1975): Ensayos sobre la historia económica argentina. Amorrortu editores.

Ferns, H. (1966): Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX. Ediciones Solar/Hachette.

FIEL (1989): El control de cambios en la Argentina. Ediciones Manantial.

Halperín Donghi, T. (2000): Vida y muerte de la República verdadera. Ariel Historia.

O’Rourke, K. y J. Williamson (1999): Globalization and history. MIT Press.

Salvatore, R. y C. Newland (2003): “Between independence and the golden age: The early Argentine economy.” Della Paolera y Taylor, op. cit.

Vázquez-Presedo, V. (1971): El caso argentino. EUDEBA.

Vázquez-Presedo, V. (1992): Auge y decadencia de la economía argentina (desde 1776). Academia Nacional de Ciencias Económicas.

febrero 19, 2008

Apertura argentina I

Filed under: Académica — Jorge Avila @ 9:08 pm

Este post forma parte de una serie dedicada a la evaluación de algunas aperturas comerciales clásicas. Una férrea determinación nacional gobernó el caso chileno; el NAFTA jugó un papel decisivo en el caso mexicano; el rasgo distintivo del caso español fue su carácter supranacional y el del japonés, su carácter forzado.

Ahora voy a tratar el caso argentino; me refiero, desde luego, a la apertura comercial argentina del siglo de XIX, ya que en el XX los esfuerzos de apertura fueron tentativos e inconsecuentes. Como esta investigación es más extensa que las otras, voy a dividir su publicación en cuatro posts. El primero contiene una introducción y la primera mitad de una breve historia comercial. El segundo, la segunda mitad de la historia comercial. El tercero, un listado de hechos que cimentaron una percepción de irreversibilidad del giro hacia el comercio y la inversión extranjera. El cuarto, un listado de indicadores de la confianza que inspiraba el país entre 1862 y 1929 y un relato del papel del nacionalismo cultural y de sucesos externos en el retorno al proteccionismo.

Para leer las conclusiones globales de la serie de posts dedicados a las aperturas comerciales, haga click aquí.

 

El despegue económico argentino que se verificó en el último tercio del siglo XIX se debió a la suma de un acuerdo comercial con una potencia extranjera y un giro político decisivo. El acuerdo comercial antecedió en casi cuarenta años al giro político, reforzó una corriente de apertura incluso anterior a la Revolución de Mayo, pero no fue suficiente para encender por sí mismo el proceso de acumulación de capital en gran escala que sobrevendría a partir del giro político.

Según Ferns (1966, 154), en el siglo XIX “la República Argentina fue un Estado de libre cambio durante más tiempo que Gran Bretaña”. De acuerdo con Salvatore y Newland (2003, 20), “en el período que siguió a la independencia, la economía del Río de la Plata se transformó en una de las más abiertas del mundo”; Amaral (1993) confirma que después de la independencia hubo una importante liberalización comercial. Conforme a Díaz Alejandro (1975, 30), en el período 1860-1930 Argentina se “benefició con una mayor especialización según los términos generales de la ventaja comparativa, en contraste con Australia”. O sea que hay un juicio bien establecido en la literatura sobre la historia económica argentina en el sentido de que el nuestro fue un país bastante abierto al comercio internacional desde 1810.

El citado acuerdo comercial lleva el nombre de Tratado Anglo-Argentino de Amistad, Comercio y Navegación y fue ratificado por los gobiernos argentino y británico en 1825. El tratado “reflejó un equilibrio de fuerzas, tanto internas como internacionales” y el país “se fue desarrollando hasta ponerse a la altura del Tratado, que continuó siendo el fundamento legal del intercambio anglo-argentino hasta que en la década de 1930 se tornó al mercantilismo” (Ferns op. cit., 123 y 139). El giro político, a su vez, llegó con la victoria que obtuvo Mitre sobre Urquiza en la batalla de Pavón en 1861. Entonces, “se produjo un equilibrio de los intereses y casi de inmediato comenzaron a afluir capitales a la Argentina” (ibíd., 313). De esta forma, el giro político, en el contexto de un tratado que había ayudado a establecer una buena cantidad de comerciantes británicos en Buenos Aires, una tradición de comercio bilateral y de respeto de la vida y la propiedad británica en el Río de la Plata, además de un cierto conocimiento entre ambas naciones, determinó un punto de inflexión en materia de acumulación de capital, exportaciones y crecimiento del ingreso per cápita.

Con el propósito de fundamentar esta interpretación, sigue a) un repaso de la historia comercial argentina; b) un listado de hechos que contribuyeron a fijar una percepción de la irreversibilidad de la apertura argentina al comercio y la inversión extranjera; c) un listado de datos estadísticos que corrobora la notable confianza que llegó a despertar Argentina en los inversores, y d) una síntesis de las presiones ideológicas internas y las circunstancias externas que soportó la relación anglo-argentina hasta su quebrantamiento en la década de 1930, que sirve para denotar su reciedumbre.

 

Una elocuente frase tomada de la Historia de Belgrano de Bartolomé Mitre ayuda a definir la política comercial que rigió en el Río de la Plata hasta las reformas administrativas borbónicas de fines del siglo XVIII: “El sistema de explotación basado en el monopolio comercial, que España adoptó respecto de América casi inmediatamente después de su descubrimiento, tan funesto a la madre patria como a sus colonias, lo fue más aún para el Río de la Plata” (Amaral op. cit.). A causa de las restricciones que reducían la cantidad de puertos con los que el Río de la Plata podía comerciar a dos en España y tres en América, y al elevado costo de transporte, la complejidad administrativa y arancelaria y los precios de monopolio, el Río de la Plata sobrevivió olvidado y pobre durante dos siglos (Ferns op. cit., 17). La creación del Virreinato en 1776 y la sanción del Reglamento de Libre Comercio en 1778, más el ímpetu de la industria británica que buscaba mercados para sus tejidos en todos los confines del mundo, estimuló una pronta apertura comercial de la economía de la pampa bonaerense. En el último cuarto del siglo XVIII, tuvo lugar la típica revolución de precios relativos que acompaña a una sustancial liberalización del comercio internacional: cayó mucho el precio de las importaciones y subió mucho el de las exportaciones. Por ejemplo, el precio del hierro bajó de 15 pesos por quintal a 7,5; el del acero, de 55 pesos por quintal a 15, y el del coñac de 60 pesos a 24; en tanto que el precio de los cueros subió de 5-6 reales a 18-20 por quintal. (Tenga presente que entonces había práctica estabilidad de precios.) Las invasiones inglesas, pocos años después, redujeron mucho el precio de los artículos textiles. Por ejemplo, los de algodón cayeron de 2-2,75 reales por vara a 1,75 y los ponchos de 7 pesos a 3 por unidad (Ferns op. cit., 90).

La independencia puso punto final al intercambio dominado por un pequeño grupo de comerciantes españoles. Se abolieron las barreras arancelarias y no arancelarias al comercio exterior. Los comerciantes británicos ya no se vieron forzados a vender sus importaciones a los españoles. Y gracias al fin de las guerras napoleónicas, a una mejora de los términos de intercambio y a una rebaja del costo de transporte, la exportación per cápita se duplicó entre 1810 y 1825, ubicándose en un nivel bastante alto en comparación con el nivel observado en ese tiempo en países desarrollados (Salvatore y Newland op. cit., 21-22). El desarrollo de comercio exterior fue tan rápido y tan orientado a Gran Bretaña que ya en 1810-1815 el 54% de los cueros que importaba este país provenían del Río de la Plata, y en 1822 el 51% de las importaciones del Río de la Plata provenían de Gran Bretaña (Ferns op. cit., 91-92). Esta intensa relación comercial, y también financiera, condujo en febrero-mayo de 1825 a la aprobación en tiempo récord del Tratado Anglo-Argentino. El Tratado no concedía privilegios comerciales a los ciudadanos británicos; les garantizaba los derechos que ya se habían declarado para los ciudadanos argentinos, los eximía de prestar el servicio militar en las fuerzas armadas argentinas y les aseguraba tolerancia religiosa (Ferns op. cit., 138).

El Tratado gozaba del respaldo pleno del gobierno, los ganaderos y los comerciantes de la provincia de Buenos Aires. El primero, por la recaudación aduanera; los segundos, por el gran crecimiento de las exportaciones, y los terceros, por el auge de intercambio en general. La experiencia acumulada desde la sanción del Reglamento de Libre Comercio en tiempos coloniales les había revelado la capacidad de generación de riqueza que tenía la provincia en un contexto de libre cambio. Otras provincias ganaderas también respaldaban el Tratado; eran Santa Fe y Entre Ríos; en menor medida, Corrientes. Pero los gobiernos, los ganaderos y los artesanos de las restantes provincias del Interior no lo avalaban (Amaral op. cit., 204-205). En términos generales, la producción de estas provincias no era exportable y debía afrontar muy altos costos de transporte hasta los puertos del litoral.

La posición proteccionista del Interior ganó influencia a partir de la crisis y la depresión de 1830 (Amaral op. cit., 205). Rosas, ahora gobernador de la provincia de Buenos Aires y a cargo de la defensa y las relaciones internacionales de las provincias del Río de la Plata, hizo aprobar por la Legislatura en 1835 una ley arancelaria que beneficiaba a los intereses de las provincias del Interior. Era una forma de conciliar los intereses librecambistas de su provincia (y los suyos propios) con los del Interior. En su mensaje a la Legislatura destacó la necesidad de protección para la agricultura y las industrias nacionales. Ya no se podría importar productos similares a los que producía el Interior (artículos de hierro, bronce y hojalata, aperos, arreos de montar, ponchos, tejidos varios, objetos de madera y cierto número de productos de la agricultura). El trigo y la harina entrarían sólo si su precio superaba determinado nivel; otros artículos entrarían pagando aranceles que fluctuaban entre el 5% (máquinas, metales, carbón) y el 50% (fideos, cerveza, sillas de montar). La ley benefició a las industrias porteñas pero también a la producción de vinos de Cuyo, azúcar de Tucumán, tabaco de Salta y yerba mate de Misiones. Si esta ley contribuyó a cerrar la economía, los bloqueos francés (1838-1840) y anglo-francés (1845-1847) iban a cerrarla todavía más (Vázquez-Presedo 1992, 27). Un gráfico de Salvatore y Newland (op. cit., 21) avala la observación de Vázquez-Presedo. Las exportaciones per cápita (medidas en pesos plata), que habían permanecido hasta 1835 en el nivel alcanzado en 1825, con la excepción, por cierto, de la dramática reducción que motivó la guerra argentino-brasileña, declinaron a la mitad en 1840 y a un tercio en 1847. Luego aumentarían violentamente hasta duplicar en 1850 el nivel de 1825. Un ilustrativo párrafo de Ferns (op. cit., 142-143) también avala aquella observación: “En 1824 las exportaciones británicas al Río de la Plata alcanzaban a un monto superior al millón de libras. (…) Un cuarto de siglo después, en 1850, el valor de las exportaciones británicas a la Argentina era de menos de un millón de libras, (…) el término medio anual de exportaciones a la República Argentina podría estimarse en unas 700.000 libras”. A pesar de que el Tratado Anglo-Argentino no fue violado en el período, el comercio con Gran Bretaña permaneció estancado durante un cuarto de siglo.

La Constitución de 1853 incorporó el libre comercio dentro del régimen legal argentino. Pero el sistema sólo se convirtió en una realidad práctica durante la presidencia de Mitre, cuando se abolieron impuestos, exacciones y privilegios provinciales (aduanas interiores) a cambio de subsidios del Tesoro nacional. Estos eran, a decir verdad, una participación en la recaudación aduanera de Buenos Aires (Ferns op. cit., 328). La economía argentina exhibió mayor apertura en el período 1850-1875 que durante el régimen rosista (Vázquez-Presedo op. cit., 31). El referido gráfico de Salvatore y Newland confirma esta observación: las exportaciones per cápita, que tenían un nivel de 100 en 1825 y de 200 en 1850, ascendían a 300 en 1870.

(Sigue en Apertura argentina II.)

Referencias Bibliográficas

Amaral, S. (1993): “Del mercantilismo a la libertad: las consecuencias económicas de la independencia argentina.” L. Prados de la Escosura y S. Amaral (eds.): La independencia americana: consecuencias económicas. Alianza Universidad.

Altamirano, C. y B. Sarlo (1997): “La Argentina del centenario: campo intelectual, vida literaria y temas ideológicos.” C. Altamirano y B. Sarlo: Ensayos argentinos. De Sarmiento a la vanguardia. Ariel.

Berlinski, J. (2003): “International trade and commercial policy.” G. Della Paolera y Alan Taylor (eds.): A New Economic History of Argentina. Cambridge University Press.

Della Paolera, G., M. Irigoin y C. Bózzoli (2003): “Passing the buck: Monetary and fiscal policies.” Della Paolera y Taylor, op. cit.

Díaz Alejandro, C. (1975): Ensayos sobre la historia económica argentina. Amorrortu editores.

Ferns, H. (1966): Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX. Ediciones Solar/Hachette.

FIEL (1989): El control de cambios en la Argentina. Ediciones Manantial.

Halperín Donghi, T. (2000): Vida y muerte de la República verdadera. Ariel Historia.

O’Rourke, K. y J. Williamson (1999): Globalization and history. MIT Press.

Salvatore, R. y C. Newland (2003): “Between independence and the golden age: The early Argentine economy.” Della Paolera y Taylor, op. cit.

Vázquez-Presedo, V. (1971): El caso argentino. EUDEBA.

Vázquez-Presedo, V. (1992): Auge y decadencia de la economía argentina (desde 1776). Academia Nacional de Ciencias Económicas.

octubre 14, 2007

Importación de disciplina

Filed under: Académica — Jorge Avila @ 7:13 pm

"You don’t understand, this is not about market access. It is about having an external anchor for our policies. It is about importing discipline from abroad and making our own liberalization more credible and less reversible."

Con esta frase que parece sacada de alguno de mis posts sobre la apertura comercial y la importación de instituciones, se inicia un post de Dani Rodrik, el economista de la Universidad de Harvard especializado en aspectos de economía política del comercio internacional. La frase puede traducirse así: "Ud. no entiende el punto; no se trata de tener acceso al mercado (de EEUU). El punto es tener un ancla externa para nuestras políticas. Se trata de importar disciplina del exterior y de hacer nuestra apertura (comercial externa) más creíble y menos reversible."

Esta es la contundente respuesta que habría recibido Rodrik de parte de un funcionario centroamericano que negociaba el CAFTA (TLC entre América Central y EEUU), después de haber escuchado a Rodrik minimizar los beneficios que podía obtener su país del acceso al mercado de azúcar norteamericano. En concreto, Rodrik habría repetido que el TLC no iba a afectar los intereses de los productores azucareros de EEUU ya que se estima que las importaciones de América Central no superarán en un año la producción norteamericana de un día.

En su post, Rodrik hace luego una distinción entre buenas y malas disciplinas importadas del exterior. Se refiere, por caso, a la firma de un acuerdo bilateral de libre comercio o de un programa con el FMI. Y señala que para algunas corrientes políticas este tipo de acuerdos representa una abdicación de la soberanía nacional, algo anti-democrático, que debería evitarse. Mientras que para muchos economistas y politólogos tales compromisos son nada más que formas de "delegación" por medio de las cuales la autoridad política cede alguna autonomía a cambio de un bien mayor; por ejemplo, una delegación de facultades extraordinarias del Congreso al Poder Ejecutivo, que no es muy distinta a una delegación a una autoridad externa y que debería verse como una prerrogativa igualmente democrática.

A continuación, Rodrik argumenta que la disciplina externa puede conseguirse de maneras defendible y no defendible. La manera es defendible cuando permite resolver un problema de "inconsistencia temporal"; es decir, cuando le permite a un gobierno asegurar el futuro de una apertura comercial o un superávit fiscal. La manera no defendible ocurriría cuando el gobierno pretende bloquear cualquier reforma que la oposición política interna quisiera realizar en el futuro.

Hace poco comenté otro post de Rodrik, que contenía una crítica muy floja a la visión de Arnold Harberger sobre la relación entre la prima de riego-país y la acumulación de capital en América Latina. Este profesor de Harvard me resulta un ingenuo. Le vendría muy bien vivir algunos años en las trincheras del subdesarrollo.

¿Cómo se distingue una importación de disciplina defendible de una no defendible en países como Argentina, Bolivia o Ecuador? Creo que no hay forma. La gran fuente de inconsistencia temporal en estos países radica en el hecho de que los gobiernos de izquierda generalmente pretenden arrumbar lo que hicieron sus predecesores de derecha en arranques de infantilismo política o demagogia. El progreso de países como Chile, desde que llegó la Concertación Democrática al poder, y Brasil y Uruguay, desde que llegaron los presidentes Da Silva y Vázquez, respectivamente, se funda en el hecho de que estos tres gobiernos de izquierda apreciaron y respetaron las políticas que habían puesto en práctica los anteriores gobiernos de derecha. En España pasó lo mismo en las transiciones del gobierno conservador de Adolfo Suárez al progresista de Felipe González y luego al conservador de José M. Aznar.

Importar disciplina comercial externa es algo bueno porque alienta la inversión directa en el país, tanto extranjera como nacional, en vista de la baja probabilidad de que el acuerdo sea revocado por el siguiente gobierno. Por lo demás, esta clase de acuerdos no se cocina entre gallos y media noche. Exigen un prolongado trámite de discusión y la formación de coaliciones en el Congreso para su aprobación, y así adquieren, por tanto, el carácter de políticas de estado democráticamente consensuadas. A decir verdad, no termino de entender el punto de Rodrik.

septiembre 7, 2007

Debate en EEUU sobre riesgo-país

Filed under: Académica — Jorge Avila @ 7:02 pm

Si Dios fuera economista, tendría la cara de Arnold Harberger. Guardo esta impresión desde que lo conocí en un curso de Finanzas Públicas que dictó en Buenos Aires en 1978. Alito (así es conocido por sus ex-alumnos) es el padre de los Chicago boys, un grupo de graduados de la Universidad de Chicago que impulsó un giro radical en la organización económica chilena en la década de 1970. Tomé de sus clases algunas nociones básicas sobre el impacto de un impuesto y la evaluación de proyectos de inversión como puntos de partida para desarrollar mi enfoque del riesgo-país.

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Harberger, creador del Análisis de Bienestar Aplicado

Hace menos de un mes, Harberger dio una interesante conferencia en Washington y ahí no más Dani Rodrik, un famoso profesor de Harvard, le dedicó un post en su blog cuyo título: Altos rendimientos, baja inversión, resume el contenido de la conferencia. Traduzco a continuación algunos párrafos (tomados de la página 6 de la conferencia) de la forma más neutral posible:

(…) lo que vemos en muchos países es que si ellos comienzan con una alta tasa de retorno (sobre el capital) y sus políticas son medianamente decentes, el capital fluye hacia el país desde el resto del mundo (…), el stock de capital es ampliado por medio del ahorro de su población y, como consecuencia, la tasa de retorno se reduce. Eso es todo: una reducción de la tasa conectada con un mayor stock de capital y, obviamente, las percepciones de riesgo tienen que desvanecerse para generar este fenómeno. Hay que tener un ambiente de mejor política económica, de mejores expectativas.

Las percepciones de riesgo son un tremendo desorden. Conozco gente, amigos personales, que emigraron de México antes de la última elección porque no querían estar allí cuando López Obrador ganara y ahora están en cualquier parte menos en México, y por esto creo firmemente que la gente que podía invertir en México antes de la elección se decía a sí misma: "No sabemos qué va a pasar en este país. Vamos a ser cautelosos." ¿Cómo opera esta cautela? Quieren una alta tasa de retorno y un rápido recupero de la inversión. ¿Qué significa esto? Que eliminan de la lista de inversiones proyectos interesantes que maduran en 15, 20, 30 años, o aquéllos sin esa alta tasa de retorno pero con tasas que son perfectamente aceptables en la mayor parte del mundo.

La causa no es ni siquiera una mala política. Es tan sólo la expectativa de lo que podría ocurrir en caso de que algo anduviera mal. Y esto pasa en toda clase de países. Por ejemplo, en El Salvador con el FMLN acechando a un costado de la cancha, listo para saltar. Pasa en Nicaragua con los Sandinistas y en cierta medida con Ortega de nuevo en el poder. Es un factor que disuade a la gente que quiere invertir, y para superarlo no es suficiente que el gobierno venga y diga: "OK, hicimos y dijimos cosas horribles en el pasado pero no las vamos a hacer o decir nunca más. Todo va a ser diferente." La gente no va a reaccionar rápidamente a esta clase de declaraciones. La gente va a reaccionar a las acciones del gobierno y a su propia experiencia a medida que pasa el tiempo.

Luego, en la página 7, al referirse al impacto de las transiciones políticas sobre la percepción de sostenibilidad de las reformas económicas, Harberger señala lo que sigue:

(…) en las cuatro presidencias sucesivas de Chile, bajo la Concertación, no sólo se mantuvo la estructura general que heredaron del gobierno militar sino que, a decir verdad, hicieron más por mejorarla que por erosionarla. Hubo algunos retrocesos, pero en general hubo más privatizaciones, más desregulaciones. Aylwin heredó un arancel uniforme de importación de 15%. Al poco tiempo de asumir, lo rebajó a 6% y si no me equivocó anda ahora en 5%, pero el arancel que recauda Chile es muy inferior a 5% porque los chilenos consiguieron montones de acuerdos de libre comercio con montones de países de forma que ahora el arancel promedio es mucho menor que el arancel legal.

Así es que creo que esa idea de que los partidos de izquierda abracen buenas políticas económicas es una de las cosas más grandes que han ocurrido en la economía mundial en los últimos 20 o 30 años. Comienza con Felipe González en España, con Bob Hawke en Australia, con Mr. Lange en Nueva Zelanda, con Mr. Blair, con los chilenos. Y ahora, por supuesto, lo tenemos a Mr. Lula en Brasil."

Dani Rodrik no cree que la incertidumbre afecte en forma negativa a la inversión. Dice que si lo que espanta a la inversión es la incertidumbre, entonces, pasada una buena cantidad de años, deberíamos comprobar que la tasa realizada de retorno del capital es baja, y no alta como informa Harberger. Rodrik sostiene que la inversión responde muy rápidamente a reformas que aumentan la expectativa de beneficios aun en presencia de incertidumbre sobre la permanencia de las reformas. Un tal Worstall, que comenta el post de Rodrik le responde: "Quizás mi observación no vaya más allá del primer curso de Economía que se dicta en Harvard (Econ 101), pero ¿por qué dice que esto es un rompecabezas? Si algo (el capital) es escaso, su precio (el retorno) debe ser alto. ¿O no es así?" El amigo Worstall me sacó la réplica a Rodrik de la punta de la lengua.

Para leer el post de Rodrik, haga click aquí. Para leer la conferencia de Harberger, haga click aquí. En otra ocasión, voy a resumir algunos pasajes de mi libro Riesgo-Argentino referidos al tema. El mensaje del libro es básicamente idéntico al de la conferencia de Harberger. Me alegra sobremanera que Alito haya llegado a las mismas conclusiones que yo por otra vía.

julio 7, 2007

Devaluación II

Filed under: Académica — Jorge Avila @ 2:06 pm

Este post es una continuación del post del miércoles pasado. Contiene una interpretación de la gran devaluación de 2002. Intento explicar la razón por la cual la tasa de inflación resultó inicialmente bastante menor que la tasa de devaluación. La misma razón explica que en los últimos años la tasa de inflación sea mayor que la de devaluación, que es casi nula hace más de cuatro años. También intento explicar la causa fundamental de la reactivación. Arribo a la conclusión de que la caída de la prima de riesgo-argentino, y el consecuente ingreso de capitales, es la causa del presunto éxito de la devaluación y de la reactivación económica. El abrupto aumento del tipo real de cambio, entretanto, fue un subproducto del descalabro.

La devaluación de 2002

Gran parte de la profesión económica y de la dirigencia empresaria y política argentina está persuadida de que la devaluación de principios de 2002 fue un considerable éxito, pues no acarreó tanta inflación como se esperaba y, de esta manera, se ha podido mantener un elevado tipo real de cambio. Esa frívola devaluación no será fácil de olvidar por diversas razones: a) quebró un régimen de moneda convertible que era querido por la población; b) fue grande y descontrolada, aun para Argentina; c) fue acompañada por una pesificación asimétrica que puso de manifiesto un desprecio por los contratos nunca visto en tan gran escala en nuestra historia: cada dólar de depósito se transformó en 1.40 pesos ajustados por la variación del índice de precios al consumidor, y cuando hubo juicios de amparo de por medio los bancos fueron obligados a devolver cada dólar al tipo de cambio de mercado; mientras tanto, cada dólar de préstamo era congelado en un peso; d) produjo un aumento explosivo de la prima de riesgo-argentino: de un promedio de 8 puntos porcentuales (EMBI plus, Banco Morgan) en los doce meses anteriores a julio de 2001, esta variable saltó a un máximo histórico de 70 puntos porcentuales a principios de julio de 2002. En rigor, la cuarta razón no vale por si misma dado que está explicada por las tres primeras.

La gran suba del riesgo-argentino es nuestra explicación del “éxito” de la devaluación. La prima está correlacionada en forma negativa con el ingreso internacional de capitales, la absorción y el PBI, y en forma positiva con el tipo real de cambio.* En otras palabras, un aumento de la prima reduce el ingreso de capitales, la absorción y el PBI, y eleva el tipo real de cambio. Aquella gran suba provocó una salida de capitales más grande aun que la registrada en ocasión de la hiperinflación. De recibir un promedio de 300 millones de dólares mensuales en los doce meses anteriores a julio de 2001, la economía argentina pasó a expulsar 3100 millones por mes entre febrero y abril de 2002; este giro determinó una contracción de la absorción próxima a 30% en dicho trimestre y una casi triplicación del tipo real de cambio.

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La ecuación 11 informa que el tipo real de cambio, e, es un cociente entre el nivel de precios mayoristas del área monetaria de referencia, P*, multiplicado por el tipo de cambio nominal, E, y el nivel de precios al consumidor del país, P. La devaluación elevó por vía directa el nivel de precios de los bienes comerciados (aproximado por E.P*) y contuvo por vía indirecta el nivel de precios de los bienes no comerciados (aproximado por P). La primera parte de esta afirmación está explicada por la ecuación y es producto del arbitraje internacional de mercaderías. La segunda parte está explicada por el colapso de la demanda de servicios.

El cuadro 5 sintetiza el comportamiento temporal de estas variables. El punto de partida corresponde a diciembre de 2001, el mes anterior a la devaluación. Note sobre todo las trayectorias del tipo de cambio nominal y el nivel de precios al consumidor. En junio de 2002, el tipo de cambio había aumentado un 263% y el nivel de precios al consumidor, apenas un 31%, mientras el tipo real de cambio se ubicaba un 181% por encima del nivel de diciembre, muy cerca del nivel promedio de las décadas de 1970 y 1980, cuando Argentina expulsaba capitales casi sin interrupción. También contribuyeron a contener la inflación el congelamiento de las tarifas de los servicios públicos y el establecimiento de retenciones a la exportación de productos agropecuarios e hidrocarburos. Advierta, asimismo, que el tipo real de cambio fue cayendo a medida que la salida de capitales se desvanecía hasta anularse en diciembre de 2003.

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Cabe preguntarse, finalmente, por qué motivo se redujo la salida de capitales a partir de abril de 2002. Nuestra tesis es la siguiente. A fines de abril o principios de mayo sucedieron dos cosas importantes desde el punto de vista monetario. El tipo de cambio se escapó por encima de 4 pesos por dólar y el gobierno entró en estado de pánico; el gobierno predicaba que seguiría una política de “libre flotación” pero sabía muy bien que la depreciación del peso se reflejaría en una mayor inflación, mayor cantidad de personas por debajo de la línea de pobreza, asaltos a supermercados y eventuales problemas de gobernabilidad (recuerdos de la hiperinflación). A la vez, la misma suba del tipo de cambio permitió que las reducidas reservas internacionales del BCRA (expresadas en pesos) igualaran e incluso superaran a la base monetaria. Sin ningún tipo de anuncio oficial, los agentes financieros fueron infiriendo desde junio la verdadera política cambiaria a partir de las intervenciones diarias del BCRA en el mercado de cambios. A mediados de 2003, resultaba claro para el mercado financiero que el gobierno aplicaba una convertibilidad informal, con un tipo de cambio que fluctuaba acotadamente en torno de 3 pesos por dólar y con la base monetaria respaldada en un 100% por los dólares contantes y sonantes que atesoraba el BCRA. Esta nueva convertibilidad, aunque informal y menos limpia que la original, proveyó la estabilidad y la gobernabilidad que explican la reducción de la prima de riesgo-argentino (medida por el bono post-default BODEN 2012), la reducción de la salida de capitales y la fuerte reactivación de los años 2003 y 2004.**

* La absorción es la mayor parte de la demanda agregada. Es igual a la suma del consumo privado, la inversión privada y el gasto público. O sea que excluye la demanda de exportaciones.

** Sobre el impacto macroeconómico del movimiento internacional de capitales, vea este post.

Referencia bibliográfica

Ávila, J. (2000): Riesgo-Argentino. Universidad del CEMA, cap. 1.

Ávila, J. (2004): Internacionalización monetaria y bancaria, UCEMA, documento de trabajo Nº 285, diciembre.

julio 4, 2007

Devaluación I

Filed under: Académica — Jorge Avila @ 1:52 pm

Ya no recuerdo la cantidad de veces que lectores de este blog han cuestionado mi afirmación de que la devaluación del peso no es una herramienta para reactivar la economía. Esta semana no más, uno de ellos me pidió que comentara un artículo de Roberto Frenkel, un economista argentino ex-alfonsinista que ahora simpatiza con el kirchnerismo, donde se argumenta que la devaluación es la causa de la reactivación en Argentina y que el dólar caro es la causa del alto crecimiento del sudeste asiático; otro de ellos, economista de profesión, me mandó un comentario que decía, con letra mayúscula, que "no hay duda" de que la devaluación ha sido la causa de la actual recuperación argentina. A fin de respaldar mi punto de vista, haré tres cosas. Primero, reeditaré la respuesta que di al primer lector, que condensa mi argumento al respecto. Segundo, reeditaré un pasaje del libro Riesgo-Argentino donde traté el tema con un par de ejemplos (Brasil en 1998 y Gran Bretaña en 1931). Tercero, reeditaré el próximo sábado mi análisis de la frívola y para nada exitosa devaluación de 2002.

La conclusión es que la expansión del horizonte inversor es la verdadera causa de la reactivación; a veces, la devaluación ayudó a despejar ese horizonte y, en consecuencia, abrió las puertas a la reactivación; la causa de la reactivación no es la "mejora" del precio relativo del sector exportador y del sustitutivo de importaciones sino la confianza internacional que despierta el país.

Respuesta a un comentario

El artículo de Frenkel desarrolla una falacia. Los invito a razonar como economistas para comprobarlo; es fácil:

1) Un dólar caro implica un alto precio relativo para la industria y el campo y, al mismo tiempo, un bajo precio relativo para el sector servicios. Este sector representa más del 60% del PBI y el empleo del país.

2) Entonces, ¿por qué el dólar caro debería ser la causa de la reactivación argentina? Note que mientras premia a un sector castiga a otro, que además tiene mayor peso en el PBI.

3) Esto quiere decir que la naturaleza del factor que causa la reactivación debe ser más general.

4) Creo que la verdadera causa de la reactivación es la caída que ha experimentado la prima de riesgo-argentino, de 22 puntos porcentuales por año en septiembre de 2002 a apenas 3 puntos ahora. Este nivel sigue siendo elevado pero, a nuestros efectos, lo que importa es la caída.

5) A su vez, la caída de la prima de riesgo-argentino está explicada por la bonanza de la economía mundial, el superávit fiscal, la convertibilidad informal y la gobernabilidad de estos años en comparación con la de 2001-2002.

6) La reducción de la prima de riesgo-país no es un fenómeno intrascendente. Implica una profundización del horizonte de consumo e inversión y premia, por tanto, a todos los sectores.

7) La reducción del riesgo-país constituye una fuerza expansiva de primer orden de la demanda agregada.

8) Mientras no se entienda esta relación causa-efecto, seremos rehenes de periódicas devaluaciones impulsadas por impostores y aplaudidas por confundidos.

Pasaje del libro Riesgo-Argentino

Existe consenso en la comunidad financiera internacional acerca del poder reactivante de una devaluación de la moneda nacional; en un sentido específico, la devaluación tendría la capacidad de reactivar una economía porque eleva el tipo real de cambio y así estimula las exportaciones. Esta prescripción no funcionó para la economía argentina en los últimos 30 años, y no debemos descartar la posibilidad de que no haya funcionado jamás. Sin embargo, hay circunstancias en las que una devaluación sí puede ser reactivamente. Aunque la causa de la reactivación no es el aumento del tipo real de cambio sino la disminución de la prima de riesgo-país. Brasil es un ejemplo reciente en tal sentido; Gran Bretaña es uno lejano.

En 1998, lo único seguro en Brasil era que en algún momento cercano habría una devaluación del real; el riesgo devaluatorio alimentó el riesgo-brasileño; el ingreso de capitales se transformó en salida y la economía entró en recesión. A los pocos meses de la devaluación, una vez comprobado que el déficit fiscal apuntaba a la baja y que la tasa de crecimiento monetario no aumentaba, el riesgo-brasileño empezó a caer y se armó el círculo virtuoso de la reactivación.

La devaluación de la libra esterlina de 1931 es un ejemplo incluso más interesante. En 1925, el ministro de Hacienda Churchill decidió que había que volver al patrón oro que cimentó la grandeza económica británica durante el siglo que culminó abruptamente con la Primera Guerra Mundial, fijó el tipo de cambio entre la libra y el oro un 10% por debajo del tipo de cambio de mercado del momento, y la economía británica ingreso así en un período deflacionario. Con el paso de los meses, el mercado se dividió en dos mitades: una de ellas tenía la convicción de que Gran Bretaña debía perseverar en el patrón oro, y la otra tenía la convicción de que el patrón oro era un craso error y que debía ser abandonado cuanto antes. Aumentó el riesgo devaluatorio y esto aumentó a su vez el riesgo-británico; el capital salía del país, la demanda agregada colapsaba y se agravaba la deflación. Vencida, Gran Bretaña devaluó finalmente la libra esterlina, y si bien no se salvó de la gran recesión que afectaba por entonces al mundo, inició su proceso de reactivación antes que EEUU o Francia. Pero esta favorable reacción no fue consecuencia del aumento del tipo real de cambio, sino del abandono de una política que había creado una incertidumbre enorme y corrosiva.*

* Por un relato sobre el clima devaluatorio inglés, vea Skidelsky (1994), y sobre la reacción diferencial de Gran Bretaña, vea Friedman y Schwartz (1963).

Referencia bibliográfica

Ávila, J. (2000): Riesgo-Argentino. Universidad del CEMA, cap. 1.

Friedman, M. y A. Jacobson Schwartz (1963): A Monetary History of the United States, 1867-1960, Princeton University Press, cap. 7.

Skidelsky, R. (1994): John Maynard Keynes, The Economist as a Saviour, 1920-1937, The Penguin Press, cap. 6.

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